Segunda versión del Cuento de Norm. Espero que en esta ocasión el secreto del final esté más claro. Hay más frases, pero en escencia, la historia es la misma.
Espero que esta esté mejor.
Norm se sentó a la mesa, y se ajustó los electrodos con suavidad. El lugar era agradable. Una chimenea al fondo, las paredes color madera, los candelabros eléctricos de imitación fuego, y los suaves acordes séptimos de un piano, que interpretaba su propia música, a imitación de ese antiguo y algo extraño jazz.
Un camarero se acercó a Norm, Tomó su orden, y luego de presionar algunos de los botones de la mesa, y otros más en el respaldo de la silla, mientras silvaba una pegajosa canción de moda, dejó frente a el un plato de pasta. La especia solitaria, verde, en la cima de la montaña italiana contrastaba con la salsa, roja y humeante.
Norm la miró, satisfecho, e hizo un ademán, tras el cual el camarero se alejó, sin abandonar su delgada tonadilla.
En las mesas que rodeaban a Norm, otros seis camareros iguales, silvando la misma melodía, servían mesas con carnes, sopas, o pescados, preparados de las más diversas maneras, sazonados con los más insólitos y exquisitos aderezos. Todos los comenzales observaban sus platos, asentían satisfechos, y despachaban a los camareros sin dedicarles palabra. Ningún camarero erraba una orden, ningún plato no satisfacía al comensal, jamás una gota se derramó fuera de una copa. La perfección misma. Y sin embargo, eso solo confirmaba que la perfección no podía ser... ni real, ni humana.
Uno o dos viejos se sentían demasiado incómodos con los electrodos, e intentaban acomodarlos cada dos o tres minutos. Los niños pequeños padecían el mismo problema, pero los jovenes y los adultos, acostumbrados a toda una vida en el mundo, comían con avidéz y satisfacción, sin jamás proferir queja alguna. La costumbre vuelve normal lo anormal, despues de todo, y finalmente, los que tienen razón se equivocan.
Cuando hubo terminado la Pasta, El camarero silvante se acercó a Norm de nuevo, y este le comunicó que deseaba una tasa de café, y un poco de chocolate.
El camarero repitió su operación con los botones, y luego sirvió la orden.
El café, servido en una fina tasa de cerámica inglesa, humeaba, con su espeso y amargo aroma. Norm inspiró suavemente, y sonrió.
El camarero se alejó, raudo.
Los minutos recorrieron con prontitud la tasa, y tras pagar, Norm se puso de pie, y desconectó los electrodos. El lugar dejó de ser tan agradable como había sido al principio. Salió del lugar, y camiNó derecho hacia El Conservatorio. La noche era fría, y oscura. Una o dos estrellas titilaban en el firmamento, pero su luz era diluida por la eléctrica luminicencia naranja de las calles de la ciudad.
Entró haciendo tintinear una campanilla sobre la puerta, en tonos agudos, pero de algún modo, apropiados. Una o dos cabezas dentro voltearon para verle, pero la mayoría estaba concentrada en sus instrumentos. Norm se sentó frente a una mesa, conectó los electrodos que pendían de ella, y esperó. Sintío un leve escalofrío eléctrico que le recorrió la espina. Pronto un muchacho joven se le acercó, le saludó con un ligero ademán y una sonrisa de familiaridad, y le entregó un violín. El abuelo de Milasen había sido violinista en su juventud, y Norm había... aprendido por su ejemplo. Dejó que la lenta suavidad de las melodías envolviese sus manos y ojos cansados, y tocó.
El prodigio de su talento no llamó la atención de ningún otro. Todos estaban absortos en su propio trabajo, su propio instrumento.
Norm sonrío, de pronto, y dejó el violín sobre la mesa. El mismo muchacho joven se le acercó, y se llevó el instrumento. Un momento antes de que el chico se perdiese detrás de unos estantes de instrumentos, Norm se sacó los electrodos, y vio como su imagen se derritió con suavidad, en el aire.
"me pregunto que pasaría si ella..."
Norm apartó esos pensamientos de su mente. No le estaban permitidos, después de todo. Muchos pensamientos eran imposibles para la gente como el.
Se puso de pie y salió del lugar, haciendo tintinear las campanillas por segunda vez. Dos o tres cabezas, las mismas que al comienzo, le vieron salir. Las demás seguían en sus melodías eléctricas.
Antes de volver a casa se permitió un paseo por el parque. El frío envolvía a los camiNantes a esas horas de la noche, pero Norm no tenía problemas. Algunos dirían que estaba acostumbrado, que esos largos paseos de noche le habían enseñado a no sentir frío. Pero no habría sido correcto explicarlo de ese modo.
Finalmente, sus pasos le llevaron a casa. Apoyó su mano sobre la cerradura, que brilló en una sencilla luz verde, reconociéndole. La puerta se abrió.
Milasen le esperaba en el interior, sentada sobre el sofá, con un libro en las manos.
Dos electrodos colgaban de sus sienes.
Norm se sentó junto a ella, y la miró dulcemente. Sus ojos de niña, sus manos inocentes. Ella apartó el libro, pero no los electrodos. Le miró como quien mira a un hermano mayor, y charlaron. Charlaron durante horas, y horas, pero finalmente Milasen se sintió cansada de Norm. No era lo que ella esperaba, y no era necesario soportarlo más.
Un breve gesto de despedida, los electrodos desconectados, y finalmente una respuesta para la pregunta del auditorio, mientras se desvanecía suavemente:
"me pregunto que pasaría si ella..."
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on sábado, 24 de abril de 2010
at 4/24/2010 06:04:00 p. m.
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El día que te despida te regalaré un tulipán blanco, y dejaré en manos del mar que te lo haga llegar.
Esto sigue siendo verdad. Te extraño.
El día que te despida te llorarán las estrellas, y tus hermanas las aves plegarán las alas en honor a ti.
El día que te despida llorará mi piano, y mis ojos.
Confío en verte antes de tener que despedirte, amiga mía.
Confío en que me esperes hasta que llegue cerca de ti.
Esto sigue siendo verdad. Te extraño.
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En medio del Imperio de los Dragones.
Junto a la menor, mi menor oculta la primera pieza
Junto al sol, mi menor oculta la segunda pieza
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Y junto a los dos soles,
Y Repito, a la menor,
protegida por la armonía de una estrella yace
la entrada oculta a mi alma imperecedera.