"Has aprendido sobre el origen de los Runa, los Koul y los Otrorianos, y conoces la naturaleza de las Primeras Canciones. Has visto a Dios y al Diablo, y has peleado con ángeles y demonios, y has sobrevivido. Has leído los antiguos Quipus y Códices de los dioses, y eres el hombre con más conocimiento de las cosas antiguas que habita la tierra. Esta noche, la asamblea de los dioses te recibe, Nosoros de la Orden del Desastre, para que escuches este, nuestro Primer Relato, la más antigua de las memorias de los Sor, los dioses primigenios."
En el principio, despertó Tael de noche, en el lugar que llamamos Ieria. Al despertar Tael, supo que él sabía mil y un cosas que le pertenecían a él y solo a él, y tuvo conocimiento de la naturaleza del mundo y su constitución, pero se dio cuenta de que no poseía ninguna memoria. Quien le despertó fue Ezhengo, el encadenado, anciano incluso en aquellos días. Y vio Tael que Ezhengo tenía una gran herida en el pecho, como hecha con un arma de hierro afilado, y entonces vio que su propio pecho estaba atravesado por un arma como la que seguramente había herido al encadenado, y vio que esta arma lo mantenía en el suelo, y no le permitía moverse. Y le mostró Ezhengo a Tael que a su al rededor, la multitud de los dioses se hallaba congregada, todos inmovilizados de la misma forma que Tael. Y ayudó Ezhengo a Tael a liberarse del arma que lo oprimía, y la herida que quedó en el pecho de Tael fue grande y terrible, y nunca pudo cerrar. Y luego Tael y Ezhengo juntos liberaron a todos los dioses que los rodeaban, y algunos de ellos se levantaron y caminaron, y otros muchos no resistieron ser liberados, y sus vidas fueron breves y llenas de dolor.
Cuando la multitud de los dioses estuvo libre, Tael y Ezhengo se detuvieron a observar la forma de Ieria, y vieron en el horizonte una gran pirámide, y tuvieron ambos la certeza de que esa pirámide era fruto de la inventiva de los dioses, aunque ninguno tuviera memoria de haberla formado. Y caminaron ambos hacia la pirámide del horizonte, y al llegar, supo Tael que Ezhengo no tenía autorización para cruzar la entrada de la Pirámide, y le dejó atrás. Y caminó Tael hacia la cúspide de la Pirámide, y desde allí observo toda Ieria, y supo que aquella no era la primera vez que observaba el mundo, y que aunque no recordaba días anteriores a ese, tuvo certeza de que llevaba mucho tiempo vivo y que él era Rey de Ieria desde hace mucho. Y se volteó Tael hacia el altar en la cúspide de la Pirámide, y encontró un Quipu que rezaba "Hemos hecho esto para evitar males mayores que los que nos han sobrevenido. Nos sellamos a nosotros mismos en la esperanza de disminuir las consecuencias de nuestras obras. Las espadas que atraviesan nuestros pechos devoran nuestras memorias, por cuanto anhelamos no conocer la magnitud de nuestra propia monstruosidad."
Y supo Tael en ese momento que aunque aquél era el primer día que recordaba de su vida, incluso entonces ya estaba el mundo plagado de secretos, por cuanto antes de despertar, había sido él un Sor distinto, del que no tenía ningún conocimiento.
Este es el Primer Relato de los Sor, los dioses primigenios, qué desconocen el verdadero origen de todo lo que existe, por cuanto quienes fueron antes de ser quienes son decidieron que el olvido era mejor que la sabiduría.
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on martes, 14 de enero de 2014
at 1/14/2014 02:10:00 a. m.
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Delia
El día que te despida te regalaré un tulipán blanco, y dejaré en manos del mar que te lo haga llegar.
Esto sigue siendo verdad. Te extraño.
El día que te despida te llorarán las estrellas, y tus hermanas las aves plegarán las alas en honor a ti.
El día que te despida llorará mi piano, y mis ojos.
Confío en verte antes de tener que despedirte, amiga mía.
Confío en que me esperes hasta que llegue cerca de ti.
Esto sigue siendo verdad. Te extraño.
cuando la música cesa
Mora mi alma imperecedera oculta
En medio del Imperio de los Dragones.
Junto a la menor, mi menor oculta la primera pieza
Junto al sol, mi menor oculta la segunda pieza
Repito, mi menor oculta la tercera piezaPero junto a la menor y a mi menor,
Y junto a los dos soles,
Y Repito, a la menor,
protegida por la armonía de una estrella yace
la entrada oculta a mi alma imperecedera.